La memoria histórica es una parte central de la formación de una cultura democrática, porque es justamente la visión que se tenga del pasado la que nos entregará las claves que definen las formas de entender el futuro.
En este sentido, la memoria histórica surge como una propuesta reflexiva que debe trascender hacia acciones educativas transformadoras. Una política de la memoria que vaya más allá de la administración del pasado y proyecte un estatus específico e independiente de la meta exclusivamente punitiva, la memoria debe hacerse parte no sólo de quienes legítimamente quieren recordar, sino de todos, de las sociedades, alcanzando a los Estados e involucrando a los gobiernos para avanzar en la posibilidad de que las violaciones a los derechos humanos sean desterradas de las prácticas de quienes tienen la obligación de resguardarlos y permitan desarrollar una verdadera Cultura de Paz.